miércoles, 6 de mayo de 2009

Oda al mejor de los mundos posibles

Nos pasamos tanto tiempo esperando por la primavera que se nos olvidó temer el verano.
Oh, el mayor de cinco hermanos y la hija olvidada de una histérica primeriza.
Yo estuve a punto de leer todos los libros que tú decías no entender sólo para hacerte rabiar.
Cincuenta páginas por hora, small typeface,
y cierta facilidad para desentrañar el tú que nunca hubo en siete tomos de Albertina y cortinas echadas,
el tú que nunca hubo en las Cartas al Castor,
el tú que nunca hubo en ninguna de las cuatro paredes pintadas de blanco entre las que te dormías cada vez que estaba a punto de decirte que posiblemente ninguno de los dos sabía a quién estábamos esperando. O por qué.
Pero seguimos, seguimos esperando.

La hija predilecta de todo un senador y el pequeño trompetista que aprendió a conducir con el asiento un poco demasiado alejado del volante.
Me acostumbré a medir la temperatura en grados farenheit para impresionarte delante de tus amigas
la tarde de viento infernal en la que te esperé durante tres cuartos de hora leyendo una antología de poétas románticos ingleses, con el culo helado y Wordsworth provocándome una náusea que entonces tomé por ignorancia.

La chica cansada que temía viajar en avión y el chico hipermétrope que fingía estar tranquilo y se mordía los carrillos hasta hacerse sangre.
Separados por un mar de comas, tú y yo, tú, yo, tú, tú, y yo.
Gritándonos en el centro exacto de una carretera comarcal, una noche tres días antes de fin de año,
el olor a goma quemada en el que no reparamos hasta estar a salvo, cada uno en su lado de la cama, a seiscientos kilómetros de distancia.

El futuro padre de dos generaciones de genios y la encarnación primera del candor infantil.
Risiblemente vestidos de blanco en la cubierta de un ferry que tuvo que volver dos veces a puerto antes de recorrer los -ahora resulta ridículo- mil ciento veinte metros que lo separaban de la isla más insignificante en la que haya atracado barco alguno.
La segunda boda de tu hermana y otra vez en mayo. Porque hay personas de costumbres y personas de bodas. Y tu hermana no pertenecía a ninguna de las dos clases.

La madre de todos los niños rubios nacidos después de Pascua y su único amigo vivo tratando de racionar un bote de café natural, tueste largo, arábiga.
Los dos quejándonos de los hoteles en los que nunca se nos ocurrió que acabaríamos porque hacían tan difícil ver la playa un viernes por la tarde
o cualquier día por la tarde, cuando el hambre nos hacía salir de casa y llamar a cada español que conocíamos en la ciudad con la esperanza de que nos invitase a cenar y luego nos dejase ir tranquilamente. Sin hablar ni hacer preguntas que te obligasen a fingir que aún estábamos de vacaciones.

Tú, en un mundo posible.
Yo, en otro mundo posible.
Tú, en un mundo posible.
Yo, en otro mundo posible.
Tú, en un mundo posible.
Yo,
en otro mundo posible.

1 comentario:

Anónimo dijo...

como de estas canciones que tienes en el subconsciente y un dia de casualidad recuerdas.. y la escuchas otra vez, y te gusta mas que esos dias en que no parabas de ponerla, y no habia terminado y la reiniciabas porque cualquier otra cancion no te hacia recordar lo mismo...
Eso me ha pasado precisamente ahora con las del disco de todo el mundo es bueno... la de boggart.. y soy incapaaz de encontrarlas, o conseguirlas.. siquiera las letras...... y encontre este blog, y no se que hago escribiendo, quiza necesito recordar. hay forma humana de conseguirlas???